¿Puede una fotografía cambiar algo?
Entrevista a Sebastián López Brach, fotógrafo argentino que, a través de su mirada, explora la relación entre naturaleza y las personas que allí la habitan
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Sebastián López Brach es un artista visual, investigador y fotógrafo. Su trabajo, que ha sido publicado en The New York Times, TIME, National Geographic, Bloomberg, The Washington Post y El País, explora el vínculo entre las personas y los entornos naturales que habitan, con foco profundo en los humedales y los conflictos socioambientales de América Latina.Antes de que la cámara se convirtiera en su herramienta principal, pasó ocho años como rescatista de fauna silvestre, trabajando junto a especies endémicas de los humedales argentinos. Ese tiempo en el territorio no solo informó su fotografía — moldeó de raíz la manera en que lee un paisaje, una comunidad y un instante que vale la pena preservar.
Desde Background nos alegra compartirles esta entrevista que creemos da un valioso aporte respecto a qué significa estar detrás de una cámara frente a escenarios y momentos donde personas y naturaleza se encuentran.
¿Qué recordas cuando pensas en tus primeros pasos con una cámara? ¿Cómo fueron esos inicios?
Recuerdo la mezcla de intuición y descubrimiento. No comencé pensando en la técnica ni en una carrera, sino en la necesidad de mirar. La cámara fue, antes que nada, una excusa para acercarme a las personas, a los territorios, a las historias que me rodeaban.
Desde mis primeros trabajos hasta hoy, la cámara acompaña mi búsqueda más antropológica. Es una herramienta. Nunca fui un obsesionado por tener el último equipo; casi siempre trabajo con un solo lente y una libreta. Ese es mi verdadero equipo. Mis inicios fueron intuitivos, casi obsesivos. Fotografiar todo. Probar. Equivocarme mucho. Pasar horas mirando cómo cambiaba la luz sobre una misma escena. Me interesaba entender qué pasaba entre lo que yo sentía frente a algo y lo que finalmente quedaba en la imagen. Ahí empezó todo. Ya había algo muy físico en esos comienzos, estar de pie durante horas, esperar, caminar, volver. La fotografía como movimiento y paciencia al mismo tiempo. No era sólo de apretar un botón, sino de aprender a estar. Con el tiempo entendí que esos primeros años no era hacer buenas fotos, sino sobre construir una mirada. Y esa mirada se fue formando en el territorio, junto a comunidades y en contacto con historias reales. Ahí encontré el sentido.
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¿Qué papel juega lo emocional en tu decisión de registrar algo?
Lo emocional es el punto de partida. Si algo no me conmueve, difícilmente levante la cámara. La decisión de registrar nace de un pulso, de una incomodidad o de una pregunta que me atraviesa. Para mí, fotografiar no es sólo documentar lo que pasa afuera, sino también entender qué se mueve adentro. Muchas veces no fotografío porque “es importante”, sino porque me afecta. Y ahí encuentro una forma más honesta. Lo emocional funciona como brújula ética. Me obliga a preguntarme desde dónde estoy mirando, qué vínculo tengo con esa persona o ese territorio, qué responsabilidad implica esa imagen. Si no hay conexión, la foto puede ser correcta técnicamente, pero vacía.
Lo emocional no es algo que viene después, es lo que activa todo el proceso. Es lo que transforma un registro en una experiencia.
¿Qué pesa más a veces: lo que decidís mostrar o lo que decidís no registrar?
A veces pesa más lo que decido no registrar. Con el tiempo entendí que fotografiar también es un acto de poder. Elegir mostrar algo implica hacerlo público, darle una forma definitiva. Pero decidir no registrarlo también es una postura. Hay momentos que pertenecen a las personas, a los lugares y no a la imagen. Muchas veces lo más fuerte pasa en lo íntimo, en lo frágil, en lo no expuesto. En esos casos me pregunto si la fotografía aporta comprensión o simplemente consume una escena. No registrar también construye una mirada. Define límites, ética y respeto. La fotografía no es sólo lo que mostramos, sino también el espacio que dejamos en sombra. Vivimos, además, en una vorágine de imágenes. Las redes sociales producen y devoran fotografías a una velocidad imposible de procesar. Todo parece tener que ser visible, compartible, inmediato. Existe una presión constante por registrar, por mostrar, por no quedar fuera del flujo.
En ese contexto, creo que es más importante que la fotografía no sea vacía. Que no sea una reacción automática ni un gesto impulsivo. Una imagen puede estar técnicamente bien resuelta y, sin embargo, no decir nada. Para mí, la fotografía necesita espesor; tiempo, vínculo, intención. No todo tiene que ser fotografiable. No todo debe convertirse en contenido. Hay experiencias que son más honestas cuando se viven sin mediación. A veces bajar la cámara es también una forma de resistencia frente a esa lógica de sobreexposición. En medio de esta saturación visual, el desafío no es producir más imágenes, sino producir imágenes necesarias. Y, sobre todo, saber que el silencio también es una forma de mirada.
¿Qué podrías compartir sobre la experiencia de transitar uno de los humedales más importantes del planeta, como es Esteros del Iberá?
Estar en los Esteros del Iberá es, antes que nada, una experiencia física. El cuerpo cambia de ritmo. Todo pasa más lento: el agua, el desplazamiento, la luz, incluso el pensamiento. Es un territorio que te obliga a escuchar antes de hablar y a mirar antes de actuar. Es uno de los humedales más importantes del planeta, pero esa dimensión global se entiende mejor cuando estás ahí, en silencio, viendo cómo respira el paisaje. El sonido de las aves, la presencia constante del agua, la fragilidad y la fuerza conviviendo al mismo tiempo. Hay una sensación muy clara de equilibrio.
Para mí, recorrer este humedal no pasa solamente por una experiencia natural, sino también cultural. Es un territorio habitado, con historias, con memoria, con comunidades que tienen una relación profunda con el agua y con la tierra. Eso transforma completamente la mirada. También hay algo emocional muy fuerte. Después de haber documentado incendios y procesos de restauración, caminar esos mismos esteros implica ver lo que estuvo en riesgo. Entendés que no es un paisaje eterno; es un ecosistema vulnerable que depende de decisiones humanas.
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"Lo emocional no es algo que viene después, es lo que activa todo el proceso. Es lo que transforma un registro en una experiencia."
Iberá te enseña escala. Te hace tener presente que somos parte de algo mucho más grande, pero también directamente responsables de su futuro. Y cuando trabajo en territorios como este, no me pregunto qué imagen puedo hacer sino qué responsabilidad tengo ante este territorio.
¿Cómo se traduce una experiencia local a un mensaje que pueda viajar, conmover, resonar?
Creo que una experiencia local logra viajar cuando deja de ser solamente “local” y empieza a tocar algo humano. Lo específico es el punto de partida, pero lo que conmueve es lo que compartimos: el vínculo con la tierra, el miedo a perderla, la esperanza de restaurarla, la dignidad de una comunidad que resiste.
Para mí, la clave está en la honestidad. No intentar explicar un territorio para que se entienda desde afuera, sino narrarlo desde adentro, con sus matices y contradicciones. Cuanto más precisa y arraigada es una historia, más posibilidades tiene de resonar en otros contextos.
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También hay una decisión formal de evitar el exotismo. No convertir lo local en algo pintoresco o distante. Mostrarlo como lo que es. Una experiencia viva, atravesada por tensiones globales como el cambio climático, los modelos de desarrollo o la conservación.
Nunca pienso en internacionalizar la historia, sino en hacerla profunda. Si la historia es verdadera, si la imagen tiene espesor y humanidad, viaja sola. Porque en el fondo, aunque cambien los paisajes, las preguntas son universales.
¿Sentís que las imágenes que tomas pueden cambiar algo?
No creo que una imagen, por sí sola, transforme una realidad estructural. Pero sí puede generar empatía por el territorio que habitamos, romper la distancia y humanizar un conflicto. Cuando una fotografía deja de ser “paisaje” y se convierte en vínculo, algo se mueve.
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En contextos de tensión ambiental o social, la imagen puede ser memoria, denuncia y evidencia. Puede amplificar voces y sostener una conversación que de otro modo quedaría silenciada. No reemplaza la acción política ni el activismo, pero puede fortalecer la conciencia colectiva que los impulsa.
Si una fotografía logra que alguien se detenga, se conmueva y mire su propio territorio de otra manera, entonces ya se produjo un cambio. Y muchas veces, los cambios profundos empiezan ahí.
¿Qué mensaje te gustaría compartir con los lectores que llegaron hasta el final de este artículo?
Que no pierdan la capacidad de conmoverse.Si algo los mueve, un lugar, una historia, un paisaje, no lo dejen pasar. Todo empieza ahí. La transformación no nace de la indiferencia, sino de esa incomodidad que nos obliga a mirar más profundo. No subestimen el poder de su propia mirada. Que observen su propio territorio con otros ojos. Que se pregunten qué está en juego dónde viven, quiénes lo habitan y qué decisiones lo están moldeando. Porque ningún paisaje es neutro, todo territorio es memoria, conflicto y futuro al mismo tiempo. Informarse, preguntar, involucrarse, apoyar proyectos y comunidades locales ya es una forma de participación.
Cuidar empieza por mirar. Y mirar con atención ya es una forma de tomar posición.
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